Congelar para vivir mejor

Nos gusta cocinar, pero no nos engañemos, nos gusta más cuando podemos comer bien sin tenerlo que hacer 😉  Tiempo que no tenemos que dedicar a la cocina, tiempo disponible para otras cosas, desde descansar a trabajar.

Comer es un placer. Comer de forma saludable una necesidad. Y la experiencia nos ha demostrado que, salvo excepciones, comer platos ricos que además sean saludables requiere una cantidad de trabajo en la cocina que puede ser inhibidora en la mayoría de ocasiones, sobre todo para quien cocinar es un fastidio.

¿Por qué no aprovechar el trabajo y el tiempo?

Están claras dos cosas: que no se puede congelar cualquier comida, y que la capacidad de nuestro congelador nos limita. Pero si nos organizamos bien le podemos sacar mucho partido al trabajo y al aparato.

En nuestro caso particular, tener alimentos crudos congelados no es una solución. Es trabajo. Congelar alimentos crudos ahorra visitas al super o al mercado, pero no soluciona una cena o una comida. Pero habrá otros casos en que, por la distancia a los supermercados, o porque el horario de trabajo no permite las compras más que de sábado en sábado, emplear el congelador para alimentos crudos tiene todo su sentido.

Os voy a presentar mis congeladores. En plural, sí. Soy una privilegiada, lo sé. Tengo dos combis (tres cajones de congelación cada uno) y un congelador vertical de ocho cajones. En total, catorce cajones. Esto nos permite comer como reyes sin cocinar demasiado.

¿Cómo sería nuestra vida con un congelador lleno de cubitos, polos y guisantes congelados? Habrían dos posibilidades. O bien consumiríamos muchos productos precocinados o cocinados (que no es siempre sinónimo de mala comida), o tendríamos que dedicar cada tarde de dos a tres horas para cocinar la cena y la comida del día siguiente. Si pensamos en que llegamos del trabajo a las 17.30, y que “la cuerda” de la energía no nos da para tener tareas por hacer (incluyo cenar) más lejos de las 22.00… esta segunda opción haría que uno de nosotros tuviera que meterse en la cocina todas las tardes a las 18.30. Para nosotros, una mala opción.

Cocinamos muchísmo menos. Podríamos hacerlo sólo una o dos tardes de lunes a viernes, incluso ninguna, y hablo de comidas y cenas, porque comemos a diario en el trabajo de tuper, pero no es verdad, porque en realidad nos encanta cocinar y no podemos evitar andar probando recetas de las que encontramos por la blogosfera 😉  A veces, algunos tupers congelados se eternizan en el congelador. Recuerdo una ración de zarangollo que rula por allí desde agosto, jeje.

Podemos permitirnos acompañar a nuestro hijo dos veces por semana a la piscina, hacer visitas, meriendas en el parque o compras sin prisa casi todos los días. Como si tuviéramos chacha 😉

Clave es el trabajo de los domingos. Ese día no solemos ir a ningún sitio. Vivimos en una casa de campo (esas que la gente de ciudad buscáis los domingos, jeje), que nos da, a partes iguales, relax y trabajo. Y el trabajo es cosa de los domingos, así que es un día casero que empleamos en adecentar la parcela, mantener el huerto, y cocinar. Evidentemente no aceptamos visitas de esas de “vamos a pasar el domingo a casa de Ardid” 😆

 

He pensado en crear esta página para ir escribiendo los trucos que he ido aprendiendo con los años, por si le sirven a alguien. Y porque mi amiga Claudia me pidió que empezara el blog con el post “mi amigo el congelador” 🙂

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