Tarta de chocolate y galletas

No somos muy reposteros, lo que no quiere decir que no seamos golosos. Pero hay una máxima en cocina y es que, de lo que se cocina, se come. Y si de algo no conviene comer demasiado, mejor evitar la tentación de tenerlo en la nevera 😉  Aunque hay que aclarar que esta tarta es perfectamente congelable. Y en el congelador todo dura mucho más, jajaja.

Hace una semana celebramos el quinto cumpleaños nuestro hijo mayor, y esta tarta es obligada. Es una tarta muy poco infantil, porque no lleva apenas leche y el chocolate es fuerte, concentrado. Como a mí me gusta, y también como le gusta a mi hijo 😉

Es la típica tarta de galletas y chocolate, que se puede hacer con infinidad de variantes: con natillas, con leche, con chocolate a la taza… Esta es la nuestra, copiada del blog Mercado Calabajío, una joya de blog.

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Ingredientes para una tarta de unas 15 raciones, y otra mini que fue al congelador de 5 raciones:

– 375 gr de chocolate de postres, nosotros valor 70% especial postres

– 225 gr de mantequilla sin sal

– 150 gr azúcar glas

– Tres huevos

– 600 gr galletas rectangulares, nosotros las de Hacendado, que son de las pocas que no están hechas con aceites chungos (palma concretamente)

– Leche tibia, para remojar las galletas. Si no hubiera niños o nos diera igual, un chorrito del licor que prefiriéramos.

En el microondas, a media potencia, aflojamos bien la mantequilla. Añadimos el azúcar, mezclamos bien, y metemos en el mismo recipiente, que habremos elegido grande, el chocolate a trozos. Volvemos a darle marcha al microondas hasta que se haya derretido bien. Mezclamos con el azúcar glas y las tres yemas de los huevos.

Montamos las claras y las mezclamos con el chocolate con cuidado, con movimientos envolventes.

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Forramos una bandeja con papel de horno, o aluminio. Nosotros pusimos como base una alfombra de silicona, pero no es buena idea, podríamos haberla cortado al hacer las porciones, ya que esta tarta necesita cuchillo para cortarla, no sirve una simple pala.

Ponemos la leche tibia en un plato o bol grande y vamos sumergiendo las galletas para hacer la base de la tarta. Por experiencias anteriores hemos averiguado que, con un relleno tan consistente como el de esta tarta, sin natillas ni leche, hay que humedecer bien las galletas, si no la tarta será demasiado seca. Así que nada de dar una vuelta de campana y ya. Hay que remojarlas hasta que la parte inferior empiece a deshacerse.

Hacemos la base, nosotros de 7 x 3 galletas, aunque nos hubiera cabido una fila más de ancho, pero no quise que nos faltara chocolate. Que, por cierto, sobró bastante como para hacer luego una minitarta para alimentar el congelador 😉

Vamos alternando capas de galletas con capas de chocolate, en la cantidad que nos guste.

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Nosotros pusimos 4 pisos de galletas. La última capa de chocolate, claro, más gruesa.

Importante, si queremos adornar con virutillas varias, es el momento. Recuerdo cómo, en mi primera tarta, los fideos de chocolate rulaban hasta el suelo cuando pretendí adornar la tarta después de varias horas fría en la nevera, jojojo.

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Como dije al principio, esta tarta es un clásico, aunque en cada casa se hace de forma diferente. Pues esta es la nuestra 😉

 

 

Alcachofas estofadas con tomate

Casi por aclamación me animo a escribir esta receta. Y es que, aunque es un plato riquísimo, es tan simple que no se me ocurre que alguien pueda no saber cómo hacer… Pero es cierto que en cocina damos muchas cosas por sabidas, y no siempre es así. Estas alcachofas son un clásico en casa de mis padres. Pero yo no las hago igual que mi madre, porque yo soy de la liga “no al limón”, y ella de la liga “frotemos con saña las alcachofas que no oscurezcan”. Pero yo no  le veo ninguna pega a que oscurezcan un poco antes de echarlas a la cazuela. Y no saben a limón, jeje. Pero sí aprendí de mi madre algo muy importante respecto de las alcachofas: cómo elegirlas. Ella las llama “del ojo cerrado”, y son las que tienen las hojas centrales más cortas que las exteriores. Supongo que son más tiernas. Ni idea, pero es cierto que son las mejores, más llenas.   alcachofa Para evitar que las alcachofas se oscurezcan, como no las froto con limón, dejo lo de cortarles la punta en el último momento. Es decir, les corto el rabo y les quito las hojas exteriores a todas las que voy a cocinar, y luego ya las despunto todas. Siempre se oscurecen un poco las primeras, sobre todo si son muchas, pero de verdad que una vez cocinadas no se les nota nada. Por supuesto en el sabor tampoco. Bueno, sí, se nota que no saben a limón, jeje

alcachofas con tomate

Ingredientes para cuatro personas, siendo cada ración una guarnición abundante que habrá que acompañar con otra ración de proteína

– 6 alcachofas grandes u 8 medianas

– 750ml de tomate triturado sin caldo. Si es de bote, que tiene tanto caldo, un litro

– 2 ajos picados, como a mí no me gusta encontrármelos, tengo un triturador de ajo

– Tomillo al gusto

– Sal, pimienta blanca molida y un pelín de azúcar si no os gusta que el tomate esté ácido

En una cazuela baja con un poco de aceite, poco, se echa el ajo, y cuando empiece a dorarse, el tomate triturado. Se deja a fuego medio y se tapa. Cuando haya reducido un poco se añaden los condimentos, se prueba, y se añaden las alcachofas. Remover bien y tapar. Cocer a fuego medio hasta que estén tiernas y el tomate se haya reducido lo suficiente para nuestro gusto.

Las alcachofas las iremos limpiando y cortando mientras el tomate se va haciendo, y así no pasarán mucho tiempo al aire y no se oscurecerán.

No tiene más 😉   y, por supuesto, 100% congelable. Además, añadiéndoles un poco de caldo, y cuando hierva, un poco de arroz o de fideos, tendremos una comida solucionada 🙂

Alubias con tomate

Hace un siglo que no publico una nueva entrada en el blog, espero que quede alguien ahí para leer ésta, jeje

Hoy quería hacer alubias, con unas preciosas que compré este verano en el mercadillo de verduras de la Seu d’Urgell, en el Pirineo Catalán, directamente a la agricultora que las cultivó. Un verdadero lujo para la gente del sur, a donde apenas llega alguna legumbre que no sea origen USA o Canadá 😦

Las legumbres en potaje suelo cocinarlas sin carne, porque lo que más me piden unas alubias es el chorizo, y prefiero hacerlas más ligeras. Alguna vez sí las hacemos con pescado, normalmente bacalao.

Encontré esta mañana esta receta en la web de Consumer Eroski (donde, por cierto, hay infinidad de recetas interesantes, muy bien clasificadas). Es complicado encontrar recetas de potaje de legumbres vegetarianas, así que me he alegrado mucho de encontrar esta 🙂

 

alubias con tomate

 

Ingredientes para una buena olla que dé para comer varias veces. En nuestro caso, 3 raciones dobles:

– 500gr alubias blancas remojadas

– 2 zanahorias grandes peladas y enteras

– 2 puerros

– Una cebolla pequeña

– Sofrito hecho con 200gr  tomate rallado, una cebolla y dos ajos. Yo gasté del que tengo hecho de la conserva veraniega 😉

– Pimentón dulce de la Vera

 

Se cuecen las alubias con las zanahorias, los puerros y la cebolla, y agua que supere unos 4 centímetros a las alubias. Se sala y se añade el pimentón. Si son alubias conocidas se puede cocinar en olla a presión, pero en mi caso, como eran nuevas, decidí cocinarlas sin presión, y menos mal, porque en una hora estaban perfectas (normalmente son dos horas). Se saca la verdura y se tritura. Se vuelve a añadir a las alubias. Luego se añade el sofrito, se mezcla bien, y se deja cocer unos cinco minutos.

Buenísimas 🙂

 

Pan semiintegral de trigo y kamut, con aceitunas y cebolla caramelizada

Seguro que si os habéis asomado alguna vez al mundo pan os habéis topado con la masa madre.  Ese gran obstáculo para muchos principiantes…

Para quien no lo sepa, la masa madre es levadura natural, creada a base de harina y agua. Los panes hechos con ella tienen un sabor profundo, ácido, y tanta personalidad, que a la mayoría de la gente no le gusta, porque ya van para dos las generaciones que nos hemos criado con pan paja, también llamado pan de gasolinera. Pero el paladar puede reeducarse.

Yo no recomiendo la experiencia de la masa madre a nadie a quien el pan con levadura comercial aún no le sale bien. Con el pan, como con todas las cosas, empezar por lo más sencillo y luego ir aumentando la dificultad. Hasta que no hagas tres panes seguidos que salgan bien, por diós, no innoves Elena.

Este pan está a mitad de camino. No es un pan de masa madre, pero lleva un prefermento, por lo tanto menos cantidad de levadura que un pan hecho sólo con levadura comercial. En concreto lleva un polish. No le da la complicación de la masa madre, pero sí gana en sabor y personalidad.

La técnica de los prefermentos consiste en adelantarnos un día a la elaboración del pan, coger una parte de los ingredientes, mezclarlos, y dejarlos fermentar. Es una forma más de conseguir un pan de fermentación lenta, con todo lo que eso supone en sabor. En este pan, además del prefermento, sigo con mi costumbre de hacer el pan en dos días diferentes, con fermentación en bloque en frío. Es decir, que si el polish lo preparo el lunes al levantarme, acabo horneando el pan el miércoles por la noche. Para quien se asuste, no tienes que estar todo ese tiempo con las manos en la masa, jajaja

 

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Para un pan de 1600gr o dos  barras de 800gr

 

– 750 gr harina semiintegral de trigo ecológica

– 250 gr harina integral de kamut

– 666 gr de agua

– 1’5 gr levadura de panadería

– 18 gr de sal

– Cebolla caramelizada al gusto, yo algo así como dos cucharadas soperas

– Aceitunas negras, en mi caso en aros

 

DÍA 1

El momento del día en que hagamos el polish es importante: ha de estar entre 12 y 16 horas fermentando a temperatura ambiente, así que debemos prepararlo ese tiempo antes de tener oportunidad de amasar. En mi caso, cualquier día a las 7 de la mañana. Tenemos que mezclar en un bol 333 gr de harina de trigo y 333 gr de agua. Y un pelín de levadura. Nada, lo que se puede coger con la puntita de una cucharilla de café. Es una papilla. Ni hablar de meter la mano. Con una espátula y listo. Tapar y dejar a temperatura ambiente.

Tras 12-16 horas, mezclar con el resto de ingredientes excepto la sal, la cebolla y las aceitunas. Es decir, 667 gr de harinas, 333 de agua, y la levadura. Mezclamos bien y dejamos que haga autolisis (reposo, traduciendo) durante media hora. Pasado ese tiempo, añadimos la sal y amasamos. En mi caso, hago dos series de pliegues separadas por media hora, una hora, o lo que me venga bien. Luego, bien tapado, a la nevera. En mi caso, suelen ser ya las doce de la noche.

En la nevera ha de estar al menos 24 horas, pero esta masa estuvo 72.

 

DÍA 2

El día en que vamos a hornear debemos tener por delante al menos tres horas. Sacamos la masa de la nevera y dejamos que se atempere media hora. Luego ya podemos manipularla. La amasamos un poco sobre la encimera y le vamos añadiendo la cebolla y las aceitunas, que por mucho que lo intentemos, no quedarán escondidas. Resignación.

Si queremos hacer sólo una pieza, le damos la forma que queramos. Si queremos hacer varias, cortamos la masa y lo mismo. Dejamos fermentar en un sitio sin corrientes o tapándola, unas dos horas. Antes de meter al horno, greñamos

Horneamos a 250º durante 15 minutos, en mi caso con vapor, y luego 40 más a 175º, porque es una pieza grande. Si son varias pequeñas, será suficiente con menos tiempo.

Lo ideal es esperar al menos 12 horas antes de cortar el pan. Yo siempre respeto eso, pero es que suelo sacar el pan del horno a medianoche, jeje, camino de la cama.

 

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Congelar en varios pisos

En esta primera idea ya os podéis imaginar si os van a interesar las siguientes o son unas perogrulladas. Claro, a mí parecen eso, jajaja

La primera regla para congelar con cabeza es: “congelar aire es una gilipollez”. Es decir, los tupers llenos hasta arriba. Y si lo que congelamos no es líquido, haciendo separaciones con papel de hornear, podemos hacer varios pisos en un mismo tuper 😉

 

Es el caso de un bizcocho de unos 3 cm de altura. El tamaño de este tuper para mí es perfecto como ración a comer durante dos o tres días (que aguanta perfectamente en la nevera una vez descongelado), pero el tuper tiene una profundidad de 7 cm. Si separamos los dos trozos con un papel de horno, cuando queramos descongelar un solo trozo no habrá ningún problema:

 

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Congelar para vivir mejor

Nos gusta cocinar, pero no nos engañemos, nos gusta más cuando podemos comer bien sin tenerlo que hacer, jeje.  Tiempo que no tenemos que dedicar a la cocina, tiempo disponible para otras cosas, desde descansar a trabajar.

Comer es un placer. Comer de forma saludable una necesidad. Y la experiencia nos ha demostrado que, salvo excepciones, comer platos ricos que además sean saludables requiere una cantidad de trabajo en la cocina que puede ser inhibidora en la mayoría de ocasiones, sobre todo para quien cocinar es un fastidio.

¿Por qué no aprovechar el trabajo y el tiempo?

Están claras dos cosas: que no se puede congelar cualquier comida, y que la capacidad de nuestro congelador nos limita. Pero si nos organizamos bien le podemos sacar mucho partido al trabajo y al aparato.

En nuestro caso particular, tener alimentos crudos congelados no es una solución. Es trabajo. Congelar alimentos crudos ahorra visitas al super o al mercado, pero no soluciona una cena o una comida. Pero habrá otros casos en que, por la distancia a los supermercados, o porque el horario de trabajo no permite las compras más que de sábado en sábado, emplear el congelador para alimentos crudos tiene todo su sentido.

Os voy a presentar mis congeladores. En plural, sí. Soy una privilegiada, lo sé. Tengo dos combis (tres cajones de congelación cada uno) y un congelador vertical de siete cajones. En total, trece cajones. Esto nos permite comer como reyes sin cocinar demasiado.

¿Cómo sería nuestra vida con un congelador lleno de cubitos, polos y guisantes congelados? Habrían dos posibilidades. O bien consumiríamos muchos productos precocinados o cocinados industriales (que no es siempre sinónimo de mala comida), o tendríamos que dedicar cada tarde de dos a tres horas para cocinar la cena y la comida del día siguiente. Si pensáis que llegamos del trabajo a las 17.30, y que “la cuerda” de la energía no nos da para tener tareas por hacer (incluyo cenar) más lejos de las 22.00… esta segunda opción haría que uno de nosotros tuviera que meterse en la cocina todas las tardes a las 18.30. Para nosotros, una mala opción.

Cocinamos muchísmo menos. Podríamos hacerlo sólo una o dos tardes de lunes a viernes, incluso ninguna, y hablo de comidas y cenas, porque comemos a diario en el trabajo de tuper. Pero no es verdad, porque en realidad nos encanta cocinar y no podemos evitar andar probando recetas de las que encontramos por la blogosfera 😉  A veces, algunos tupers congelados se eternizan en el congelador. Recuerdo una ración de zarangollo que rula por allí desde agosto, jeje.

 

Podemos permitirnos acompañar a nuestro hijo dos veces por semana a la piscina, hacer visitas, meriendas en el parque o compras sin prisa casi todos los días. Como si tuviéramos chacha, jeje.

Clave es el trabajo de los domingos. Ese día no solemos ir a ningún sitio. Vivimos en una casa de campo (esas que la gente de ciudad buscáis los domingos, jeje), que nos da, a partes iguales, relax y trabajo. Y el trabajo es cosa de los domingos, así que es un día casero que empleamos en adecentar la parcela, mantener el huerto, y cocinar. Evidentemente no aceptamos visitas de esas de “vamos a pasar el domingo a casa de Ardid”, jojo!!!

Iré escribiendo los trucos que he ido aprendiendo con los años, por si os sirven, aunque la magia no existe, aviso. Y porque mi amiga Claudia me pidió que empezara el blog con el post “mi amigo el congelador”